lunes, 5 de mayo de 2008

Gente Guapa de Nueva Carteya

Una es casi -por no decir completamente- una extraña en este pueblo donde vive la familia paterna. De pequeña no, de chiquita yo venía, junto a mis padres y hermanos, muy a menudo a visitar a los abuelos, los titos y primos. Mucho más cuando estábamos viviendo cerca, en Villaharta, Zuheros, Santaella, Pedroche, Montilla, Córdoba... Menos cuando los vientos nos llevaron hacia La Bermeja y Chipiona, en la provincia de Cádiz, o hasta aquellos callados y austeros pueblecitos de la provincia de Segovia, pero, más tarde o más pronto, siempre volvíamos, siempre volvía, yo, loca de contento porque me iba a reencontrar con el pueblo blanco, los amaneceres de gallos y campanas, el paseo de palmeras, las flores, mis amigas Charo, Francisca, Dolores la Espejeña...
Pero crecer implica, en muchas ocasiones, dispersión y como consecuencia el dejar de acudir, tal como sería nuestro gusto, a aquellos lugares donde disfrutamos parte de la niñez. En mi caso, Nueva Carteya.

Mis padres, Dolores Soler y Antonio Polo

Afortunadamente, mis padres no han dejado de visitarlo e incluso compraron su casa en el pueblo, para venir cuando les apeteciera. Y esa circunstancia ha sido aprovechada tanto por mis hermanos como por mí misma para volver por estas tierras, cuando nos ha sido posible.

Este puente de mayo teníamos la oportunidad y allá que nos marchamos. Paseando por la calles hemos encontrado personas con las que hemos intercambiado algunas palabras, poca cosa, es verdad, pero suficiente para dejarte un buen sabor de boca, para saber que el carteyano es persona de buena ley, amable y acogedor con los que llegan de fuera.


Era la celebración de la Santa Cruz y yo no sabía que algunas calles estaban engalanadas con la suya propia, y con la música, las copas y el baile. Festejos al aire libre. Un lugar donde reunirse los vecinos y compartir las palmas, el vaso de vino, la alegría, las sevillanas -poco importa que se bailen en pantalón vaquero porque la gracia está en ellas, jóvenes o menos jóvenes, lleven lo que lleven puesto...



Esta calle me traía especiales recuerdos, no sólo porque está justo al lado de mi calle, la calle San Juan, donde vivían mis abuelos Miguel y Eladia, y ahora viven mi tía Eladia y mi tío Francisco junto a mis primos Eladio y Francisco, sino porque en esta calle habitaba mi amiga de adolescencia, Dolores la Espejeña, mujer encantadora y cariñosa, a la que tuve ocasión de saludar antes de venirme.

El patio de mi tita Eladia

El patio de la casa de los abuelos ya no es exactamente el que mi tía Eladia tiene ahora cubierto de preciosas macetas. También la casa ha tenido muchas modificaciones con el paso del tiempo, lógicamente. Yo recuerdo aquel patio mucho más grande, con la parra en la puerta, las gallinas al fondo e incluso el burro que tenía mi abuelo Miguel, y una morera, la cual desapareció hace ya muchísimos años. Pero sea como fuere, y a pesar de los cambios, ese patio es el patio donde yo holgazaneaba, regaba los geranios, cosía, escribía, leía, o, simplemente, soñaba...



Esta señora, de la cual desconozco el nombre, vive subiendo la calle San Juan y tiene en su puerta unas macetas cubiertas de flores tan preciosas que daba gloria verlas. Ascender por la calle San Juan, ahora, es mucho más cómodo que cuando yo correteaba con los demás mocosos por aquellas piedras y aquellas esquinas. Tiempo atrás ese tramo de la calle era de escalones y a mí, en mi pequeñez, me parecía interminable. Solía subirla, algunos días, con el chache Frasquito, un tío de mi padre. El chache Frasquito me llevaba hasta el depósito del agua y mientras él manipulaba en el depósito yo recogía flores y miraba bouche bée, como diría un francés, es decir, con la boca abierta ante tanto esplendor como nos rodeaba. No hace mucho supe, por así indicarlo en la página de Francisco Julio su hijo José María, que le llamaban el tío de las fuentes, y ciertamente el nombrecito le venía muy bien al chache Frasquito.



Esta otra señora tan entretenida con su ganchillo también vive en la calle San Juan. E igualmente no sé cuál es su nombre. Entre fotografiar flores y a sus dueños, se nos olvidó pedirles el nombre. Una lástima...


Y aquí el matrimonio posando juntos. No sé si ellos llegarán a saber que están en esta página, que sus rostros serán vistos en el mundo entero por todo aquel que hasta este blog llegue, pero espero que sí. Quiero creer que les alegraría saberlo.



Este querubín, que se encontraba a la puerta de una casa de la calle San Juan, se llama Ángel y realmente hace honor a su nombre.



La señora que está al lado de Ángel no sé si será su abuela, su tía o quizá su madre. No lo sé. Tan sólo sé que tuvo la amabilidad de dejarme fotografiar al nene y a ella misma. Y aquí están, confiados y sonrientes, mirando a todo aquel que quiera verles a ellos.



Y este es mi papá, de nuevo, Antonio Polo Cantero, un carteyano que disfruta viniendo a su pueblo, para visitar a sus hermanas y sobrinos, hablar con sus amigos de la infancia, como Antonio Cuevas, al que pude saludar en estos días, y para pasear por la carretera, mirando los montes, los olivos, las higueras...



Y mi mamá, Dolores Soler, mujer alegre, cariñosa, de voz eternamente joven, tan joven como ella, a pesar de la edad. Mi mamita linda, que me hace rosquitos fritos y me compra magdalenas ricas que saben a magdalenas, no como las industriales que te comes una y parece que te comes un ladrillo, por lo pesadas que son.



Y esta señorita tan sonriente, tan picarona -espero, Carmencita, que ya hayas encontrado la palabra en el diccionario- y tan compuesta es la niña de mi prima Carmen. Carmencita va a recibir la primera comunión en un par de semanas. Me estuvo contando al detalle cómo será su vestido de pequeña novia, el lazo que lucirá en el pelo, el reportaje que ya está hecho pero que aún no les han entregado... Carmen irá a la biblioteca para leer lo que he escrito sobre ella, para ver su foto publicada. Sabe que si quiere dejarme algún comentario y no atina sólo tendrá que decírselo a su amiga María José, de la biblioteca, y ella, estoy segura, sabrá cómo tiene que hacerlo, porque es muy fácil dejar un mensaje en el blog, si así se desea.




Esta estupenda mujer es mi prima Carmen, la madre de Carmencita. La pillé en plena faena cocinando los caracoles en unas ollas enormes, esos caracoles riquísimos que mi tía Carmen y ella preparan, ya sea de los gordos en salsa, o de los chiquitos con un líquido picante, y que mi primo Vicente, en el bar Las Palmeras, se encarga de repartir por las mesas cuando los parroquianos se lo piden. Hacía tanto tiempo que no tomaba caracoles que el vaso que mi prima me sirvió me supo riquísimo.

Ahora ya sí conozco los nombres de estos chicos: Chesca, El Capi, Manolin, Garo, Calero, Nono, Melli, Fede, Lou y Raul.

(Para ver mejor la imagen, pinchar sobre ella)

Tras visitar el parque, con sus árboles olorosos y sus maravillosas rosas, visitamos otra cruz que se encontraba cerca y después cruzamos delante de este bar donde un grupo de jóvenes se hallaban reunidos. Les hice la foto y les dije que la pondría en uno de mis blog, en Nómadas. Pensé que se les olvidaría el nombre del blog en cuanto desapareciéramos al final de la calle, pero me equivoqué porque al día siguiente por la tarde, al entrar en la iglesia, donde se celebraba una boda, vi a uno de ellos -mejor dicho, él me vió a mí, (el tercer chico de la foto, por la derecha), porque yo no tenía ni idea- y se nos acercó y repitió el nombre del blog. Bueno... al menos podrá llegar hasta aquí y verse él mismo y a sus amigos.

Ese día ya no hicimos más fotos, ni de calles, ni de flores, ni de personas. Pero aún quedaban días para disfrutar. Esos días son los que iré relatando durante esta semana en mi blog Nómadas, por si alguien quiere pasarse por allí y leerlo.

Por el momento doy fin a esta entrada sobre algunos carteyanos, aparte de mi familia, con los que durante unos minutos tuvimos la suerte de contactar y de hablar.

Si alguien estuviera interesado en tener alguna de las fotos, puedo enviársela a la dirección que me indiquen. Mi dirección de correo electrónico es: mcarmen.polo@gmail.com

María del Carmen Polo

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viernes, 21 de diciembre de 2007

¡¡FELICES FIESTAS!!


Quería felicitar las fiestas a todos los carteyanos y desearles que el 2008 sea un año generoso y fantástico para todos ellos.


OS LO DESEO DE CORAZÓN.





!FELIZ NAVIDAD¡

!FELIZ AÑO 2008!


Quería asimismo dejarles un relato que he escrito para estas fechas tan señaladas, esperando que les guste.


CANELA Y OLIVA


Queridos conciudadanos, nos hemos reunido hoy, 25 de diciembre, para hacer entrega de la medalla que este Ayuntamiento otorga en esas ocasiones en las cuales... blablablablabla... pero hoy haremos una excepción y nos sentimos orgullosos de condecorar a Canela y Oliva, los dos perros de Miguel Tapias, ya que gracias a ellos... blablablablablablabla... y fue en circunstancias difíciles que los valientes animales... blablablablablabla... y, por tanto, yo tengo la satisfacción de declarar que... blablablablablabla...

En la plaza los aplausos y los vítores se sucedían, al igual que los correteos de los niños y los empujones de aquellos que siendo bajitos no alcanzaban a ver qué sucedía en la tarima desde la cual el alcalde, junto al teniente de alcalde, el secretario del Ayuntamiento y el señor cura, lanzaba su enfebrecida proclama.

Y no era para menos. El pueblo entero tenía motivos para estar alegre. No sólo era Navidad, sino que uno de sus más queridos hijos y vecinos, Miguel Tapias, más conocido como el tío Carretes, había aparecido cuando ya todos le daban por muerto.


Más para conocer toda la historia debemos comenzar por decir que corría el primer tercio del siglo XX, en un pequeño y alegre pueblo de la provincia de Córdoba, donde la familia de Miguel Tapias se había establecido a mediados del siglo anterior.

(Para continuar leyendo el relato, pinchar aquí)




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jueves, 1 de noviembre de 2007

La Lentitud

Pintura de Jesús Valle Julián


Hay días, como el de hoy, donde el paso de las horas y el tiempo que establece mi propio cuerpo se acompasan perfectamente. Ni un segundo fuera de lugar... Cada uno de mis movimientos ha encajado, como la pieza de un puzzle, en la cuadrícula de este día que ya se diluye en la oscuridad.

La tranquilidad, la lentitud ha guiado mi actividad. Ese es el término correcto... la lentitud.
Eso me ha recordado que hay dos maneras de dirimir la vida: yendo al límite de nuestras posibilidades o economizando nuestra energía.

La lentitud, pensaba mientras me recreaba en la luz dorada que teñía mis habitaciones, está reñida con las prisas, y eso me hacía recordar que no hace mucho -aunque pasen los años, nunca están lejanos en nuestra memoria- viví una época y en unos lugares donde la existencia se medía de otra manera. Quizá por eso guardo en mis ojos, con nostalgia, el maravilloso brillo de un sol de verano que parecía eterno en el cielo de la mañana carteyana, al que era imposible substraerse y que dejaba sus marcas doradas sobre el rostro, los brazos, los muslos...; la llegada de la noche que aportaba un poco de alivio, de frescor venido directamente desde las estrellas; el caminar despreocupado de los campesinos y de los mulos que llevaban sobre sus lomos los serones cargados de hortalizas, de frutas, de hierbas que servirían para alimentar a los conejos, dejando tras de sí el aroma a campo del que acababan de ser arrancadas.

La lentitud. Una lentitud en las gentes, en la vida, que nos dejaba huella en cada paso que dábamos, en cada gesto, en cada pensamiento...

Eso era para mí el pueblo paterno, Nueva Carteya. Una isla blanca rodeada por un océano verde oliva. Un lugar secreto, sagrado, propio, donde el color, el olor, los sonidos y el calor tenían algo de asombroso.

Aún hoy, la Nueva Carteya que conozco y camino sigue teniendo el resplandor, la magia, que hacía que deseara que terminara el invierno, que pasara la gloriosa primavera, para instalarnos en un cómodo verano que haría mis delicias nada más traspasar las masas frondosas de los olivos. Entonces yo me encontraría, risueña y agradecida, con el pueblo sonmoliento que durante años fuera mi jardín de juegos privado donde la prisa no existía, no tenía lugar.

Eso es lo que he recibido hoy como un don. La mesura, la fructífera economía de mis movimientos, sentirme a mí misma y bien conmigo misma... Todo un regalo precioso.

La lentitud...



María del Carmen Polo

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sábado, 20 de octubre de 2007

Moda de ayer y de hoy

¿Dónde dormirán todos aquellos figurines que mi abuela y mi tía utilizaban para dar formas bonitas al organdí, la seda, la cretona, el algodón, el lino...? ¿Se fueron perdiendo, en nuestra casa, cuando la abuela ya dejó de coser? Los recuerdo bien porque andaban repartidos por toda la sala que hacía las veces de comedor y de sala de costura. Allí descansaban, sobre la mesa junto al jaboncillo y las tijeras; en los asientos de las sillas de cuyo respaldo colgaba la cinta métrica, o medio doblados en los canastos de los retales...

Yo me entretenía mirándolos. A veces incluso dibujaba sus figuras. Y siempre me hacían soñar con vestidos vaporosos, elegantes, que yo luciría por la calle o en un gran baile. Su colorido, su aspecto, su gracia, me fascinaban. Hubiera querido que me los hicieran todos, pero había que elegir.




Unos meses antes de las fiestas patronales, lo normal era que las mujeres se hicieran un vestido nuevo. También las niñas y las adolescentes. Recién estrenado el verano, la casa de mi abuela era un bullir de gente que entraba y salía, de sonidos de máquinas cosiendo mangas, cinturillas, haciendo pespuntes, acompañados de cuchicheos, de risas, y de moscas zumbando a nuestro alrededor. Y el pegajoso calor...Y lo que no podía hacer la máquina lo remataban las expertas manos de mi abuela, de mis tías, de mi madre.

Las sesiones de costura tenían algo de tranquilizante, por su rutina. Me embelesaba cómo mi abuela tomaba medidas, cómo alisaba la tela, con mimo, cómo pasaba el jabón dejando un rastro azulado que después recorreria la tijera, firme y suavemente. Jaretas, bodoques, festones, vainicas, puntillas, volantes... todo eso terminaba de embellecer una falda, un vestido, una camisa. Y el día de la feria, en la misa, en el Paseo, en la calle Mayor, casi todas lucirían, orgullosas, sus nuevas ropas, esas prendas que sólo se usarían los domingos y fiestas de guardar, porque el dinero escaseaba y la vestimenta se aprovechaba hasta el límite.

Las modistas tradicionales y los figurines marcaron una parte de mi infancia. Aún tardaría en llegar la época en que comprar vestidos, abrigos, faldas, camisas, sería algo barato y, en algunos casos, compulsivo. Todavía faltaba tiempo para que nuestros armarios rebosaran de prendas que, con una puesta o dos, dormirían colgadas de una percha hasta que, hartos de ver siempre el mismo color y la misma forma, terminarían hechos trapos para limpiar cristales o en la basura.
Aquellos figurines tenían la capacidad de mostrarnos una parte del mundo, lejana, de gustos exquisitos, de ciudades brillantes, y de hacernos desear conocerlo. Y ser como las muñecas-maniquíes que lucían los vestidos: Coquetas, sensuales, delicadas, deliciosas...

Los figurines desaparecieron de casa de mi abuela y también del mercado. Se acabó un tiempo que fue sustituido por otro más dinámico, más rico, más moderno. Fueron reemplazados, con el paso de los años, por las revistas tipo Burda y otras donde te entregaban los patrones y tú misma, sin ser modista, podías hacerte, con un poco de habilidad, una ropa estupenda. Pero rara vez quedaba como en la foto y menos aún a ti te quedaba como le quedaba a la bella joven que lo llevaba encima.



Proliferaron las tiendas de ropa. A los mercados y mercadillos llegaban vendedores cargados con todo tipo de trajes, a precios muy asequibles. Se acabó lo de tener un solo vestido para el domingo y fiestas de guardar. Las pasarelas de todo el mundo nos mostraban, a través del televisor, las tendencias de la moda, a veces extravagantes, otras con diseños imponibles, y, en general, para ver y poco más. Ropa exclusiva a la que pocos tienen acceso. La calidad, excepto para las firmas, se empezó a resentir.

El colmo del abaratamiento y de la mala calidad nos llegó desde China, con sus tejidos de ínfima clase. Vestidos horrorosos, de pésimo gusto, podemos verlos en los múltiples escaparates de las tiendas chinas que se diseminan por nuestras ciudades. No sé quién compra esos horrores, pero está claro que alguien debe comprarlos.



Pasó, pues, la época de la ropa a medida. No quiere decir que hoy no haya modistas y gente que siga acudiendo a ellas para hacerse la ropa a medida, pero son los menos. Los grandes almacenes y las variadas tiendas de modas, suplen con creces la demanda. Se ahorra tiempo y cuesta menos ir a El Corte Inglés y comprarte una falda que acudir a una sastra, que te tome medidas, que te haga pruebas y, varios días, o semanas, más tarde, tenga preparada tu prenda. Una no tiene horas suficientes al cabo del día para tal derroche de tiempo.
Hoy nuestros armarios están llenos a reventar de ropa, pero yo recuerdo con dulzura aquellas tardes de verano, sentada junto a mi abuela que me contaba no sé qué cosa, jugando con los hilos de colores o con los retales, mientras la máquina de mi tía traqueteaba al ritmo de sus pies, y el resto de las mujeres cosía dobladillos y cremalleras o pegaba botones en los vestidos que otras mujeres, ilusionadas, exhibirían en sus paseos por los jardines, la terraza del bar o en misa, en los días de la feria y demás fiestas de guardar.

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martes, 16 de octubre de 2007

Los Caminos

Caminar, caminar sin pausa, era lo que yo hacía –lo que me gusta hacer- cuando llegaba de nuevo al pueblo. Por las mañanas, antes de que el sol recalentara el aire, yo partía a recorrer caminos. Los trillados y los nuevos. Trillados por recordarlos. Nuevos por haberse abierto en mi ausencia, siendo ahora lugar de paso donde antes reinaban las zarzas, lo matorrales y las flores silvestres. Y cada senda, nueva o vieja, era una arteria que me conducía hacia lo desconocido, porque extraño, tras los meses de ausencia, era lo que transitaban mis pies, aunque la vía viniera de antiguo.




Los caminos llevan en su corazón el gozo vibrante de la aventura. Nos marcan direcciones, a veces para llegar lejos, muy lejos, más allá de las sierras, de las montañas; otras, para desembocar, simplemente, en la placidez de un portalón que se adormece bajo la parra en el sopor del mediodía. Mis caminos siempre han estado sembrados de suavidad y de misterio, no importaba hasta dónde me condujeran.

Las veredas que más me gustaban, en Carteya, tenían la sombra de la higuera y el perfume de la blanca flor del olivo. Y en Segovia, el regusto acre de la resina y el crujir de las agujas de los pinos.

Hojas de higuera, grandes, ásperas, de un verde intenso. Hojas que al cortarlas dejaban en mi mano el rastro lechoso de su sangre vencida. Y en mi boca el placer de la carne crujiente del higo, de la breva, aderezados con toda la dulzura de la miel.



Hojas del olivo, estrechas, plateadas, agudas. Pequeñas flechas, perfectas, si arco ni diana.

Hojas de los pinos, agujas verdes, marrones, que herían los dedos y se introducían en las sandalias, en los largos paseos del estío.




Junto a la higuera, el olivo, el pino, las cunetas vestidas con sus mejores galas veraniegas agradeciendo a la tierra su fecundidad y devolviendo su gratitud en un estallido de colores. Y una, relajada, soñadora, vagabundeaba, durante las horas matinales, ajustando el paso a la ruta, una ruta siempre dinámica, alegre, fresca. Absorbiendo la calidez y la fuerza de cada piedra, la desmayada languidez de la hondonada, el aletear de los abejorros juguetones, el revuelo de la tórtola corredora o de alguna perdiz despistada. La vista se recreaba, igualmente, en los gorriones que picoteaban pequeños granos, mientras las palomas se adueñaban de un cielo pintado de azul intenso. Lagartos y lagartijas, recibiendo su porción de sol, sesteaban entre los matojos, en las hendiduras de los pedruscos, expandiéndose por el aire el eco cristalino del canto de los gallos o el ladrido de los perros.




En las tardes, el sendero cambiaba de tonalidad y se volvía perezoso, lento, sofocante. Los cardos, zarzamoras, amapolas, margaritas blancas y amarillas, se contaban historias, ajenas a mi presencia y mis pisadas. Relatos de gentes de paso, de hombres y mujeres de vidas entregadas, de días de nieve y de riachuelos desbordados, de vida y de muerte, de huellas indelebles a pesar del tiempo transcurrido. Y yo caminando sin prisa sobre el terreno polvoriento que otros han pisado desde tiempos inmemoriales, sintiendo aún el canto de las cigarras, el rumor del pueblo en la lejanía. Y el tañido de las campanas, llamando a la oración, diciéndonos que el día tocaba a su fin. Tiempo de descanso donde las dueñas son las estrellas y los sueños de los hombres.

Senderos, caminos, veredas… Vías que me llevaban, cruzando puentes, hasta los pinares, o partiendo de la carretera, hasta las higueras y los olivos… Travesías perennes por donde transita el alma que necesita de la paz y del canto de la naturaleza. Y, de vez en cuando, si alguien se cruza en nuestro camino, quizá otro ser ávido de silencio, se impone el saludo, el adiós, el buenos días o buenas tardes, como si sólo existieran ellos en el mundo. Porque en esos instantes, lejos del pueblo, no existe nadie más, sólo uno, el otro, y los campos que nos nutren, nos protegen, nos envuelven.

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lunes, 8 de octubre de 2007

¡Ay, Pueblo!

Pintura de Francisco Bonnin


¡Ay, pueblo, cómo te extraño! Mi mente vuelve una y otra vez a recorrer tus calles limpias y blancas, a bajar y subir escalones que ya no existen, a pasear la mirada por las palmeras o siguiendo, por el cielo, los arabescos de una bandada de palomas. Tu Paseo tiene una senda indeleble hecha con las huellas de mis pies menudos de niña ilusionada.

Cómo añoro sentir el perfume de las rosas, de las damas de noche, o el olor de los naranjos entre mis dedos, colándose por mis fosas nasales... A veces es tan intenso este sentimiento que duele.

Cómo pienso en tus noches calurosas, las gentes sentadas a la puerta de sus casas o en los patios. Tus mañanas luminosas, apacibles, con olor a pan caliente y a churros. Tus montes protectores y fecundos. Tus cielos de verano, esplendorosos, lloviendo estrellas sobre nosotros.

Mis pasos, en sueños, se pierden cada mañana por las plazuelas donde un día jugué llena de felicidad y se encuentran al atardecer, recorriendo despacio tus olivares.

Las campanas de la iglesia me siguen despertando al amanecer y los gallos me llaman a la vida, como antaño. Como siempre.

¡Ay, pueblo!, que recordar dicen que es volver a vivir, y aunque yo vivo en ese recuerdo, cómo no deplorar el paso del tiempo que me alejó de montes, palmeras, naranjos, olivares y de tus calles tranquilas.

Mi espíritu sigue vagando, pueblo, día a día, por tus esquinas...


María del Carmen Polo

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lunes, 1 de octubre de 2007

La Recogida de la Aceituna

Pintura de Mariano Barbasán


El campo andaluz tiritaba con los primeros fríos de noviembre. Las lluvias de días pasados habían humedecido las tierras y la niebla envolvía la madrugada de los olivares.

Hacia las cinco de la mañana los gallos dejaban sentir su canto por los montes, llamando, una vez más, a la actividad. En la cortijada, la vida comenzaba a desperezarse.

Una veintena de mujeres abría los ojos al nuevo día en la sala destartalada que les servía de habitación. Olía a sueño, a sudor rancio y hacía frío. Mucho frío. La lana de los colchones formaba bolas que se incrustaba en los riñones. Apenas se atrevían a moverse para que el dolor no les impidiera conciliar el sueño. Debajo de las camas de hierro oxidado ocultaban los hatillos de ropa, las maletas de cartón duro donde guardan las pocas pertenencias que se habían llevado para lo que durase la temporada. No era mucho tiempo. Tres meses. Tres meses y todas estarían de vuelta en sus pueblos, en sus casas, con sus padres o sus maridos.

Los gallos volvieron a cantar. Todas las mujeres, ya vestidas con los jerseys de lana oscuros, las faldas viejas sobre los pantalones raídos y calzadas con las botas desgastadas por el uso, se dirigieron al patio, al pilón, para lavarse la cara y arreglarse un poco el pelo. Una fina película de hielo se rompío al meter la mano en el agua. Un chillido de una de las muchachas hizo que las risas resonaran por todo el lugar.

Para Dolores Espejo era su primera temporada. Su padre no quería dejarla ir, pero ella había insistido, “Padre, ya tengo catorce años, y mi madre iba desde los trece. También va mi prima y la chacha Feliciana... Déjeme ir, padre, no sea usted así. Lo que saque será para mi ajuar”. Dolorcillas reía con el resto de las muchachas que chapoteaban en el agua helada. Era su primera temporada. Tenía polvo de oro en los ojos y el pelo de color azabache, como las noches de la campiña cordobesa.

Los hombres preparaban las mulas cargando los aperos, el agua y la comida. Aquel día estarían bastante alejados del cortijo y no iban a regresar hasta la anochecida. El capataz revisó las cargas y, a grandes voces, metió prisa a las mujeres, que, entre risas y cuchicheos, se afanaban en la cocina, terminando los tazones de leche humeante y las hogazas de pan con aceite y azúcar. Ya todo estaba listo para la marcha. La procesión de hombres y mujeres salió por la puerta de hierro de la cortijada blanca, camino de los olivares que se extendían por los cerros cercanos. Una Virgen del Rosario, chiquita y risueña, les veía marchar desde la hornacina situada por encima de la puerta de entrada. Eran las siete y media de la mañana y la luz comenzaba a extenderse lentamente por el cielo, aquel cielo en el que las últimas estrellas vigilaban al mundo desde su lejanía y su indiferencia.

La semana transcurría lentamente. La recogida de la aceituna era dura pero tenía sus compensaciones. Las coplas que cantaba Vicente eran una de ellas, coplas picantes que ponían una nota de color en las mejillas de las mozas más jóvenes y producían grandes carcajadas en las mujeres más curtidas. El corazón caminaba más ligero cuando la gente cantaba y los dedos se sentían más ágiles para recoger el negro fruto esparcido alrededor del olivo.

El momento del almuerzo siempre era acogido con gran algazara. Era entonces cuando el ingenio, de hombres y mujeres, salía a flote mientras las botas de vino pasaban de mano en mano, vertiendo el oscuro líquido en las bocas sedientas. Los zorzales y los pajarillos asados de Gabriel eran otro de los alicientes. A Dolores Espejo le caía bien Gabriel aunque el muchacho no se relacionaba mucho con ella. Gabriel no era de su pueblo. Era de una aldeílla que estaba a un día de viaje a caballo. Tenía veintitrés años y muy pocos amigos, pero a Dolorcillas Gabriel le caía bien. Quizá porque sabía que cada mañana ponía las trampas o cazaba con aquella escopeta negra, de la que casi nunca se separaba, y luego le ofrecía a ella parte de lo cazado.

De regreso al cortijo, al anochecer, el cansancio reflejado en los rostros, cada uno trataba de asearse lo mejor que podía antes de la cena. Las mujeres se quitaban los pesados faldones y los pantalones cubiertos de barro y los sacudían para poder ponérselos al día siguiente. Las botas tenían la tierra tan incrustada que a duras penas lograban despegarla de las suelas. Una vez limpias, se reunían con los demás en la cocina, una cocina inmensa, caldeada por la gran chimenea que ardía en uno de sus extremos. El centro estaba ocupado con una mesa de madera llena de rayas y de hendiduras. Encima de aquella madera oscura estaban puestas las hogazas de pan, las bandejas con el queso y las aceitunas y los platos hondos donde Elvira, la cocinera, iría vertiendo grandes cazos de lentejas humeantes. Era la hora en la que el capataz indicaba el lugar donde se varearía al día siguiente, o cuando se exponía algún problema surgido durante el día. El capataz no era uno de ellos. Lo respetaban porque trabajaba para los “Señoritos”, y los “Señoritos” eran los que pagan el jornal, pero el capataz, Leocadio, no gozaba de ninguna simpatía entre los jornaleros. Aquel hombre cejijunto y de piel cetrina, les inspiraba temor y antipatía. Procuraban, por todos los medios, no estar cerca de él.

El domingo era el día de descanso tras seis días agotadores de trabajo. Algunos hombres marchaban, a caballo, a visitar a sus mujeres, o a sus novias, que vivían en cortijadas cercanas, pero la mayoría permanecían en el cortijo, lavando las ropas, repasando los desgarrones de los pantalones o de las faldas, aseando las habitaciones. Descansando. El domingo Gabriel salía temprano al campo con su escopeta. Dolorcillas lo veía marchar por las cuadras y le gritaba: “¿Pero adónde vas, Gabrielillo?”. Él apenas se volvía y le contestaba: “¡A cazar zorzales!”. Y le veía alejarse por el camino, hasta que desaparecía entre los olivos.

Cuando regresaba, varias horas más tarde, se sentaba en una piedra con una cubeta de cinc a su lado y amontonaba cerca de él los pajarillos y los zorzales que había cazado. Dolores se sentaba en una silla pequeña de anea, a su lado, y mientras él desplumaba las aves y les quitaba las tripas, ella le hablaba de los bailes de su pueblo, de los mozos, de su familia. De aquel día cuando se desbocaron los burros del tío Marcial y corrieron, como locos, por todo el pueblo, los cascos resonando contra las piedras de las calles, ante la mirada atemorizada de chicos y mayores. Le hablaba de su ajuar y de su futura boda. “¿Pero tienes novio?”, preguntaba Gabriel, “No, aún no –contestaba la muchacha- pero ya no puedo dejarlo mucho tiempo más o me quedaré para vestir santos”.

Dolores hablaba con la sabiduría que le daba el saber que en su pueblo una moza de veinte años sin novio sería una solterona para toda la vida. Y seguía hablándole a Gabriel hasta que un olor familiar llegaba a sus narices: el olor de los torreznos, de las morcillas y los chorizos fritos; el guiso de conejo con patatas; el olor del pan caliente... Era la hora del almuerzo y Gabriel recogía los zorzales y los pajarillos desplumados y se acercaba hasta la chimenea de la cocina para asarlos y llevarlos a la mesa, junto a todo lo demás. Después del almuerzo se charlaba, se reía y Cristóbal tomaba su guitarra y cantaba por bulerías, mientras los demás hacían palmas y jaleaban.

Y la tarde, juguetona, se dejaba mecer entre cantos y nostalgias.

Aquella madrugada Dolorcillas se sintió indispuesta. Sentía como si unas garras agudas anduvieran destrozándole las tripas. Se levantó de la cama sin hacer ruido. Dudó si debía llamar a su prima Encarna, que estaba en la cama de al lado, pero la vio tan profundamente dormida que le dio pena y calzándose las zapatillas salió al patio para encaminarse hacia las cuadras. Abrió la puerta de la cuadra y sintió el vaho caliente que impregnaba la estancia, el olor de la paja y el resoplar de algunas de las bestias. La claridad de la luna se filtraba a través de la puerta entreabierta. Dolores se llevó de nuevo la mano al vientre y se inclinó hasta que se le pasó el retortijón. Avanzó hacia un rincón, cerca de la entrada, se bajó las bragas y se quedó paralizada mirando una gran mancha de sangre en la tela blanca. “También es mala suerte, empezar a sangrar justo ahora”, pensó Dolorcillas, algo aliviada al comprender lo que le ocurría. Trató de componerse de nuevo las faldas cuando el ruido del portalón al cerrarse le hizo correr hacia la salida; un segundo después sintió una mano que le tapaba la boca y tras un fuerte forcejeo notó la humedad del suelo, sintiendo que algo duro se abría paso entre sus piernas y le traspasaba las entrañas. Un daño desgarrador le hizo perder el sentido.

Gabriel había salido al patio acuciado por las ganas de orinar. La noche estaba fría y en calma. Miraba al cielo estrellado cuando vio pasar una estrella fugaz. No sabía si pedir un deseo. No, mejor no pedía nada... Ya se disponía a regresar al cuarto de los hombres cuando observó que se abría la puerta de la cuadra. El capataz salía de ella y se dirigió con paso rápido al otro extremo del patio. Gabriel, oculto por las sombras, dio media vuelta y volvió a la cama.

Dolores abrió los ojos y trató de incorporarse. Un dolor agudo e insoportable le hizo volver a agacharse. Sentía sus muslos húmedos y doloridos. Despacio se incorporó y agarrándose a las paredes se acercó a la puerta. Cuando logró salir al patio aspiró el aire frío de la madrugada y sintió resbalar la sangre por las piernas. Al llegar a la habitación, lloró todo su miedo y su rabia. Las mujeres se despertaron y sin comprender bien qué había sucedido acudieron a su lado.

A las seis y media de la madrugada todos estaban esperando la orden de salir. Los gallos hacía rato que habían comenzado a dar la bienvenida al día. El grupo de hombres y mujeres, con el capataz al frente, no hablaban, ni reían. Nadie decía nada pero todos sabían lo sucedido. Dejaron atrás la cortijada y la cuadrilla se envolvió en la sombra de los olivares. El trabajo continuó, como siempre se había hecho.

Hacia medio día los jornaleros pararon para almorzar. Se dispersaron bajo los olivos y comieron en silencio. Leocadio se había ido caminado por la vereda que llevaba a Fuencaliente. Gabriel se levantó de su grupo y se alejó, con su escopeta bajo el brazo. Alguien le gritó: “¿Adónde vas, Gabriel?”. “¡A cazar zorzales!”, respondió el mozo, perdiéndose en el olivar.

Volvieron al cortijo con las últimas sombras de la tarde. Iban en grupos. Rezagados unos. Solitarios otros. Cabizbajos. La gente no se extrañó al no ver al capataz en la cocina. “No tendrá hambre, el muy hijo de puta”, comentaron algunos.

La madrugada los recibió, un día más, con los campos blancos por la escarcha. El capataz no había salido de su aposento. Nadie lo había visto esa mañana en las cuadras, preparando a los animales, ni en ningún otro lugar.

El capataz no estaba en la cortijada.

Muy a pesar de los jornaleros, se organizaron batidas para buscarle. Los hombres se dividieron en parejas. Era posible que Leocadio hubiera caído por alguna barranca y nadie se hubiera dado cuenta. Los hombres rastrearon las veredas, los barrancos, las cortadas...

Dicen que debió ser hacia media mañana cuando uno de los hombres descubrió, bajo un olivo, el cuerpo embarrado de Leocadio, el capataz.

Yacía boca arriba.
Los puños cerrados.
Los ojos abiertos.
Con un disparo en la frente.
Y otro en el corazón.

Mª del Carmen Polo Soler

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miércoles, 5 de septiembre de 2007

Orzas y Aceitunas

Pintura de Jesús Valle Julián


Mis abuelos tenían olivos, aunque no puedo ubicar exactamente en qué lugar de las tierras carteyanas. Seguramente más de una vez el abuelo nos llevaría hasta allí, dando un paseo. Es posible que así fuera porque recuerdo haber ido a recoger ajos con él, sacarlos de la tierra con mis propias manos, oler su fragancia fuerte y viva… Y a la vuelta, recoger higos o brevas, de las higueras que al paso nos salían. Quizá no estuvieran muy lejos los olivos del huerto. No lo sé. Igualmente recuerdo haber ido a las viñas, con el Chache Frasquito, y cortar uvas gordas, sabrosas, hinchadas de miel y de sol.

Como digo, pues, los abuelos tenían algunos olivos, por eso nunca faltaba el aceite en la cocina ni las aceitunas aliñadas en la mesa. No escaseaban ni en casa de la abuela ni en la mía, mientras anduvimos viviendo en pueblos de la provincia de Córdoba.

Para desayunar o merendar, un hoyo de pan tierno con aceite y azúcar. Y a la calle, a jugar. Buenas olivas acompañando el arroz, el pollo, el cocido… y después, la siesta, o quedarse sentada cosiendo, con las demás mujeres, mientras escuchaban las radionovelas.

Mi tía Eladia, mi abuela y, en ocasiones, mi madre… machacaban las aceitunas que habían sido recogidas en diciembre o enero…

Las orzas que servirían para conservarlas me parecían muy grandes. Quizá no lo eran tanto, sino que yo era muy pequeña. Aquellas vasijas de barro se verían pronto llenas de bolitas verdes, brillantes, y de otra serie de cosas que flotaban sobre ellas.

Una vez machacadas con los martillos de madera, las olivas se metían en la tinaja y esta se llenaba de agua. Mi madre dice que el agua debía cambiarse casi cada día y hacerlo hasta que la aceituna perdiera su aspereza, su amargor.

Después se pasaba a la segunda fase que consistía en aliñar la aceituna. Yo veía los ajos y el laurel, incluso el tomillo, nadando en aquel caldo oscuro, pero no recordaba que tuviera también limones partidos ni cáscara de naranja, como así era. Y, por supuesto, la sal. Se iban poniendo en tandas, el aliño y las aceitunas, y finalmente, se llenaba la orza de agua. Se cubría y ya sólo quedaba esperar.

Aguardar un par de semanas, probarlas y… comerlas. Y los ajos, porque a mí me encantaba comerme los ajos que habían macerado en el líquido junto a las olivas.

El platillo de las aceitunas, siempre dispuesto en la mesa era, para mí, signo de acompañamiento, de buen sabor, de alegría, mientras estaba en la casa de la abuela, y de nostalgia de Carteya cuando aquellas aceitunas las comía en Zuheros o en Santaella. Quizá incluso mientras viví en Montilla.

Hace ya mucho tiempo que no tomo aceitunas aliñadas, como entonces, ya que las que suelo comprar vienen enlatadas, y las que no lo están no tienen, ni de lejos, el mismo sabor. No tienen mucho que ver con aquellas otras que yo tomaba cuando era pequeña e iba de vacaciones a la casa de los abuelos.

No sé si la gente del pueblo sigue machacando la aceituna, pero quiero pensar que sí, que se siguen guardando en orzas, bien sazonadas y mejor condimentadas con las ramitas de tomillo, cuartos de limón, corteza de naranja, ajos y sal, para deleite de la vista y del paladar.

Un regalo más que la naturaleza nos hace en forma de fruto, donándolo, salvaje, a través de los pacientes y hermosos olivos centenarios, y más tarde transformado en comestible por la hábil mano del hombre.

María del Carmen Polo

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viernes, 31 de agosto de 2007

Leyenda de montes y olivos

Pintura de Eliseo Meifren i Roig


Bajaba por los montes en oleadas, en bandadas, como las sombras que se deslizaban, furtivas, entre los troncos de los olivos; como las nubes de zorzales que se enredaban entre las hojas verde y plata, haciendo arabescos entras las ramas o a ras de suelo, antes de caer apresadas en las redes de los cazadores.

Se deslizaba como el agua desbordada de los arroyos en la primavera lluviosa; como la liebre asustada ante el ladrido de los perros.

Se escurría sin llamar la atención y se acomodaba en los nidos de los gorriones, en la base de las cepas, en las matas de tomates o de las habichuelas...

Se ocultaba y esperaba, esperaba...

Aguardaba acurrucada cual oruga que comienza su proceso de cambio o como el caracol que se adhiere al muro y se dispone a aislarse del mundo... y cuando el extraño se acercaba hasta el lugar, cuando alguien ajeno al pueblo se rozaba contra el árbol o la vid, ella despertaba y le saltaba directo a las fosas nasales, a los ojos, a la boca y al corazón.

Desde ese momento la persona, presa de la "emoción", sucumbía y ya no podía dejar de pensar en aquel sitio. Quedaba prendado de los montes, de la cal de los cortijos, de la luz que resalta los contornos, del verde de la higuera, del oro de las parras, del blanco o el amarillo de las margaritas silvestres, y del aroma del olivar, con sus flores resplandecientes, cuajadas del rocío en el amanecer.

Ella realizaba su trabajo, calladamente. Una y otra vez. Eternamente.

Por tanto... Prestad atención, extranjeros, porque de nada servirá ir prevenidos contra este ataque de placer que más tarde se convertirá en añoranza.

Y a los paisanos yo os digo que miréis bien cuando caminéis por la carretera, en el punto Cabra, en el punto Baena o en el punto Montilla, y si véis un leve resplandor, una suave neblina o sentís como un suspiro enroscado en la raicilla de una flor o en el sarmiento, seguid sin parar vuestro camino, no la molestéis ni espantéis, que la "emoción" es tímida y no requiere aspavientos ni requiebros.

Dejadla cumplir con su cometido que no es otro que seducir y enamorar al no nacido en Nueva Carteya, como una dama altiva y hermosa... por los tiempos de los tiempos.

Y creedme, sé que esta leyenda es verdad porque yo la acabo de crear.


María del Carmen Polo

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lunes, 20 de agosto de 2007

Farolillos, sevillanas...

Cuadro de Eliseo Meifren i Roig


… y aroma a rosa y jazmín en las noches de la feria carteyana.

A veces no es posible la presencia física en tan popular festejo y uno tiende a envidiar a los que allí se encuentran. Entra en juego, entonces, la nostalgia. La nostalgia, el recuerdo y... las comparaciones. Porque es inevitable escuchar a unos y otros decir que las cosas han cambiado, que las fiestas del pasado siempre tuvieron más brillo, más alegría o más duende. Sin embargo, sea echando la vista atrás, o viviendo el presente, para mí está claro que el término ‘feria’ tiene un sentido mágico y que ésta no debería desaparecer nunca de la cultura popular puesto que la feria es cultura.

Son esos festejos anuales, tan deseados, que despiertan al pueblo del sopor del verano. Y sirven de renovación del mismo, también. Decir ‘feria’, pronunciar esa jubilosa palabra, saborearla, tiene casi el mismo efecto sobre nosotros que el paladear el primer sorbo de cerveza bien fría o una copa de manzanilla tras la dura mañana de trabajo. Su sabor se apodera de cada papila gustativa, de cada sentido, de cada fibra de nuestro ser y nos estimula, nos excita, nos hace percibir mucho más remarcado todo ese mundo que vibra a nuestro alrededor.

La llegada de la feria se intuye mucho antes de que sea una realidad. Se acerca, en oleadas, a través de los montes y los caminos; al paso de las gentes que comentan, preparan, sueñan... Se presiente en cada esquina, en las calles, en los balcones, en las sonrisas de las muchachas, en el nerviosismo de los niños. En los preparativos de los mayores.

El cuerpo se dispone para ser invadido por la alegría, igual que el campo recibe, anhelante, a la primavera.

¡Ay, farolillos, farolillos, que alumbráis destellos de pupilas risueñas, el revuelo de volantes y el centelleo de las castañuelas, en las fiestas de Carteya!

De mis ferias pasadas en Nueva Carteya queda el recuerdo de las risas, el regocijo, el alborozo que nos invadía al llegar la noche. Arregladas y perfumadas, estrenando vestido y zapatos de tacón, recorríamos las calles, envueltas en miradas, piropos, olor a rosas y a jazmín. Jóvenes princesas, deseosas de ver y ser vistas. No queríamos que aquellos días se terminaran nunca.

Nuestros dominios eran, desde luego, todas las calles iluminadas, jalonadas por los puestos del turrón, almendras garrapiñadas, caramelos, chocolatinas, pipas, y el Paseo, con los cochecitos y la noria, o con su baile, su colorido, su animación, sus fragancias diversas. Y las terrazas de los bares, donde familias enteras, con sus mejores galas, pasaban revista a todo lo que se movía alrededor, charlando animadamente, tomando el fresco, con abundancia de tapas y bebidas sobre la mesa.

Un lugar, uno, no obstante, nos estaba vedado: El Casino. Llegabas a la puerta, infranqueable, y la imaginación se disparaba. Tratabas de percibir lo que ocurría en su interior, y no había manera, ya que en el Casino sólo podían entrar los más pudientes, la élite carteyana. Porque en aquel baile, de categoría, sólo tenían acceso y danzaban mujeres hermosas, elegantes –eso, al menos, nos parecía a nosotros- y hombres refinados, oliendo a tabaco rubio e impecablemente vestidos.

¡Cuántas ganas de traspasar aquel templo sagrado y vivir su verbena privada, su hechizo, su belleza y seducción!

No fue posible mientras yo tomé parte en las ferias de mi adolescencia. Y aunque creo que después el Casino se abrió a todo el mundo, en mi memoria, nostálgica, siempre quedará el desencanto de no haber podido atravesar sus salones y tomar parte en la noche embrujada que se desarrollaba, aquellos radiantes días, al ponerse el sol e impregnarse el aire con la música y la esencia de las rosas y el jazmín.

Un año más la feria de Carteya ha terminado y yo no me he paseado por sus calles, ni he escuchado su música, ni he percibido su sintonía de voces y susurros, de cantos y de felicidad. Pasaron ya las horas chispeantes y gozosas. Queda un año por delante para preparar la siguiente, deseando que sea mejor, siempre mejor que la que ha sido. Y aspirando a que todos los carteyanos sigan con entusiasmo una tradición que hermana y que no debe desaparecer jamás de los pueblos.

De ningún pueblo.

María del Carmen Polo

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lunes, 30 de julio de 2007

El Cine de Verano

Pintura de Mariano Barbasan


Hubo un tiempo en que, tras la cena, cuando la atmósfera aún estaba recalentada por los calores del día, eran muchas las personas que, ilusionadas, se arreglaban, se perfumaban, cogían una rebeca, quizá un abanico, y salían de las casas preparadas para dejarse atrapar por el misterio, el ensueño o la ternura de una película, en el cine de verano.

Porque el cine, en un pueblo, en cualquier pueblo, no es sólo un espacio más para la cultura es, también, una ventana al mundo. Y lo era mucho más en aquellos días cuando había pocos televisores y el video era un gran desconocido.

El cine de Carteya estaba ubicado en la calle que llevaba a Montilla.

Mi mayor ilusión, durante las vacaciones veraniegas pasadas en casa de los abuelos era que, al llegar la noche, pudiéramos ir al cine. Caminar por el Paseo, con las amigas, riendo, bromeando, chismorreando y mirando a los otros, sobre todo a los muchachos, estaba muy bien, pero ir al cine, para ver -en realidad- no importaba qué, era mucho mejor. Pudiera decirse que el Paseo era la agradable antesala de lo que vendría después: el ambiente del cine, atrayente y dulce como sus paredes adornadas de jazmineros y de rosales, con las sillas de tijera, los gritos, las llamadas, el escoger el buen sitio, ni muy atrás ni muy cercano a la pantalla, los cucuruchos de pipas y los caramelos, la oscuridad ante el comienzo de la sesión, y después el silencio…

Un silencio reverente, casi conventual, apenas roto por un leve siseo, un murmullo contenido, una última frase dicha precipitadamente al oído, ya los cinco sentidos puestos en las imágenes que comenzaban a deslizarse ante nuestras retinas y nos atrapaban, nos sumergían, nos transportaban fuera de aquel recinto, de aquella villa, de aquellos olivares, lejos, tan lejos como nuestra imaginación era capaz de viajar… A nuestro embeleso solía unirse la brisa que, a partir de las once, se entretenía en alborotarnos los cabellos y nos impelía a arrebujarnos bajo chaquetas, chales o suéters.

Me gustaba aspirar aquella mezcla de fragancias encontradas: las rosas y jazmines, las colonias, el jabón, el olor humano mezclado con el aroma de las pipas de girasol o las patatas fritas.

A veces, apartando momentáneamente los ojos de la película, miraba hacia el cielo para contemplarle como si se tratara de un mostrador de una joyería, enteramente cubierto de diamantes, sublime y majestuoso en su esplendorosa indiferencia y lejanía.

Una vez terminada la sesión, regresábamos a casa, por calles débilmente iluminadas, los pasos resonando en los adoquines, en las piedras, hablando quedamente, comentando esto o lo de más allá, alabando o criticando ciertos aspectos de la película proyectada, siempre algo nuevo aprendido y, sin duda, aún aprisionados por las escenas que sin querer nos permitían, durante un par de horas, sentirnos diferentes y alejados del pequeño círculo de una población de la campiña cordobesa.

Esa noche, sin duda, más de uno, soñaría que era el protagonista de una aventura que le llevaría a la jungla, al desierto o al Himalaya.

En mi recuerdo siempre perdurarán aquellas noches, magníficas, serenas, plenas, porque ¿qué impulso podía haber para que la gente saliera de sus hogares en las bochornosas noches del verano? ¿Qué podía hacer que niños y mayores se afanaran por terminar cuando antes y salieran contentos e ilusionados? No, no era sólo el calor. Tampoco la cervecita y la tapa sentados en la terraza de un bar del Paseo, o tomar el aire hasta las tantas, a las puertas de las casas. Era la magia del cine, que nos elevaba y nos hacía anhelar, codiciar, desear...

Y en mi caso, era fantasear bajo la luz de las estrellas, acariciada por la brisa nocturna, envuelta en el olor a azahares, rosas y jazmines, mientras creía ser la protagonista de un moderno cuento de hadas.


María del Carmen Polo

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viernes, 27 de julio de 2007

Viñas y Olivares

Pintura de Joaquín Mir


Sucedió en invierno. Es algo que tengo muy claro, a pesar de que era pequeña, porque mis tías, como cada temporada, iban a recoger aceitunas.

Una tarde mi abuela Eladia me llevó de paseo hasta el lugar donde estaba recogiendo la aceituna mi tía Eladia. El lugar no debía estar lejos del pueblo y y yo me alegré mucho de estar con mí tía y con las demás mujeres, los hombres y muchachas, que gastaban bromas y me hacían reir.

Al día siguiente, por la tarde, le pregunté a mi abuela si iríamos de nuevo a ver a la tita, pero la abuela contestó que no, que ya iríamos otro día. Yo no dije nada, simplemente me marché a la calle. Todos pensaron que a jugar con los demás niños, como era lo habitual. Pero yo tenía en mi cabeza algo muy distinto. Con la idea en la mente de ir a ver a la tita en el olivar, me dirigí a las afueras de pueblo y seguí la carretera que tomamos la tarde anterior, la abuela y yo. Era la carretera que iba a Baena, pero eso yo no lo sabía, y lo que tampoco podía recordar era que en la carretera, que discurría entre los olivares, había una bifurcación. Al verme frente a la encrucijada, sin saber cuál era el camino correcto, no lo pensé dos veces y continué por una de ellas, eso me daba igual, porque en mi cabecita estaba convencida de que fuera la que fuese al final me encontraría con mi tía. Lo malo era que había tomado el camino equivocado y que se estaba haciendo muy tarde.

Pasadas más de tres horas sin que yo volviera a casa, ya la tarde echada, mi madre comenzó a preocuparse. Mi abuela salió a buscarme sin que yo apareciera por ningún lado. Los demás niños no me habían visto y nadie sabía dónde podía estar. El revuelo de vecinas y el ataque de nervios de mi madre eran bastante notorios. Se organizó una grupo de personas para salir al campo y a mirar a los pozos cercanos. Pero yo seguía sin aparecer.

Mientras tanto, ajena a tanto alboroto, yo iba cantando, tranquila, internándome cada vez más por la carretera, camino de Baena sin saber que iba sin rumbo. En unas viñas quedaban aún dos mujeres trabajando y al verme caminando por allí se preguntaron que hacía una niña tan pequeña por aquellos andurriales, sola, siendo tan tarde. Me pararon, me preguntaron que dónde iba y les dije que a ver a mi tita Eladia, que cogía aceitunas. Esta niña va perdida, se dijeron, y me retuvieron con ellas. Mientras recogían sus aperos de labranza, les conté que tenía una abuelita que cosía y un abuelito que tenía un burro, y un hermanita nueva y un hermano que se llamaba Juan.

A lo lejos las dos mujeres vieron venir a un grupo de gente. Al acercarse y darme cuenta de que era mi abuela me puse muy contenta y les dije a las señoras que era mi abuelita. Afortunadamente, alguien me había visto tomar la carretera y le había dado las indicaciones a mi abuela.

Ya estaba oscurecido cuando entraron en el pueblo.

Todo quedó en un gran susto. Y gracias a que me encontré a aquellas dos mujeres en el campo, en las viñas, me libré de pasar una noche perdida entre los olivos, muerta de angustia y de miedo.

La abuela y mi madre gustaban de recordarme aquella anécdota. Supongo que aquel día mi ángel de la guarda no debió estar muy contento por haber tenido que hacer horas extra cuidando de mí.


María del Carmen Polo

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jueves, 26 de julio de 2007

Olivares de Carteya

Pintura de Francisco Llorens


Cómo no sentir amor hacia el olivo bienaventurado que guarda en el corazón de su madera todo el sol que se derrama en oleadas por cerros y cañadas.

Cómo no rogar para que permanezca sobre la tierra, fiel representante del tiempo y del sudor del hombre.

Tus raíces, olivo, recias y fecundas, proclaman el pasado y nos transmiten el presente en forma de jugoso fruto.

La risa del viento y el canto de los gorriones adorna tus ramas y las venera.

Olivo, árbol sagrado que, orgulloso, desafías el paso de los siglos, que guardas en tus hojas el frescor de la lluvia, el verde del amanecer y el aroma de la vida que te rodea.

Olivares de Carteya, tantas veces transitados, testigos de ensueños y desvaríos, qué bien sabéis transformar ese néctar de los dioses en torrentes de suave y dorado líquido...


Si subo al monte temprano
y el aire está transparente,
cortaré ramas de olivo,
ramitas de olivo verde,
para guardar en tus manos,
y que siempre estén contigo.
Dicen que trae buena suerte.
Es el decir de la gente.
Yo ni digo, ni desdigo.

Cortaré las verdes ramas,
temprano, al amanecer,
de un olivo florecido,
para que nunca ya olvides
los sueños que yo respiro.
Para que a mi lado estés
aunque no hagas mi camino.

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martes, 24 de julio de 2007

De Montilla a Nueva Carteya

Pintura de Rafael Romero Barros


Apenas 20 kms separan Montilla de Nueva Carteya. Lo sé bien porque durante el año que viví en Montilla, hice varias idas y venidas entre ambos pueblos.

Tomaba el coche de línea el viernes por la tarde. Los viernes no había clase y podía hacer la escapada a casa de la abuela. Siempre me embargaba una gran excitación cuando el autobús, en aquellos días luminosos, dejaba atrás el pueblo y comenzaba a reptar por curvas entre viñedos de un verde brillante en verano, con sus apetitosos racimos de uvas acumulando todo el sol de Córdoba a finales de agosto....

Si me sentía tan alegre era por dos cosas, una, porque viajaba sola -y viajar sola, aunque sólo fueran 20 kms. me hacía sentirme autónoma y, digamos también, un poco inocentemente aventurera-; dos, porque iba a Carteya e ir a ese pueblo me hacía sentir infinitamente afortunada.

El autobús se deslizaba tranquilo, sin prisas, por aquella carretera estrecha y polvorienta. Daba tiempo a disfrutar de un paisaje sosegado, de las lomas coloreadas por el verde oscuro de los olivares, de las casitas blancas con su pozo y su palmera acariciadora y sensual, de las flores del camino... Una podía soñar con deambular entre las hileras de olivos, tocar el fruto, aspirar el olor a campo. Alguna liebre se perdía, asustada, entre los matojos, a nuestro paso. Y los labriegos se dedicaban a sus labores, ajenos a todo, y sin saber que yo me hacía preguntas sobre ellos y su entorno.

Antes de entrar en Carteya, una casona grande, con palmeras, nos daba la bienvenida. No sé cómo se llama esa casa, rodeada de una alta tapia, pero sé que sigue ahí (¿quizá Villa Pascual? No lo sé, no puedo asegurarlo...) Por último, las ventanillas se iluminaban con la cal de las casas, las sonrisas de los niños que saludaban nuestra llegada, las señoras que barrían y regaban las puertas y, por supuesto, con todas las rosas, los naranjos y los dompedros que adornaban las aceras.

¡Qué placer sentirse en Nueva Carteya! Volver a reconocer el paseo, con sus palomas, sus palmeras, la fuente... Ese paseo donde tantas vueltas di cogida del brazo de mis amigas, lanzando sonrisitas idiotas a los chicos que se cruzaban con nosotras y que nos comían con los ojos...

Y subir la calle Llana, de día y de noche. De día, caminando pausada, aspirando el aroma de su vida; de noche, en noches de feria y de fortuna, riendo a carcajada limpia junto a mi hermana y mi primos Vicente y Miguel Ángel, que nos acompañaban a casa, a las tres de la madrugada, después de asistir a los festejos, bajo un cielo parpadeante de estrellas, cómplice de nuestro desvelo y nuestro anhelo. Y nuestra felicidad...

Durante dos días, dos completos días, yo disfrutaba de la bendición de estar con mi familia, de saborear el gazpacho y el arroz de mi abuela, de comer alcaparrones y zorzales fritos, de ir y venir por sus cuestas, de coquetear con los muchachos del vecindario, de vagabundear libre por unas calles que me pertenecían porque yo siempre he sido muy egoista y, las cosas como son, me he apropiado de todo por lo que he sentido cariño.

Y a Nueva Carteya, durante esos fines de semana en los que yo dejaba atrás Montilla para subirme a un autobús que me llevaría hasta el pueblo blanco, le tenía un gran cariño y sentía que me pertenecía completamente.

Aquellas excursiones, ya fuera en verano, ya en invierno, se han quedado guardadas para siempre en los estantes de mi corazón, envueltas en el olor a aceitunas aliñadas, a dulces uvas, a jeringos, a pan tierno, y acunadas por el zureo de las palomas que revoloteaban a nuestro alrededor y se refugiaban en las palmeras, como auténticas dueñas y señoras del cielo y del Paseo Diego Carro.

María del Carmen Polo

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viernes, 20 de julio de 2007

La Calle San Juan

Pintura de Jesús Valle Julián



Mi abuelo Miguel tenía un burro. Le recuerdo bien. A él y al burro. Cuando llegaba del campo, sudoroso, cansado, le daba un beso -al abuelo, no al burro- y antes de que metiera al animal en el patio, yo pasaba mis manos por sus orejas que se estremecían con el contacto de mis dedos.

Una de las veces que volví al pueblo, el burro ya no formaba parte de la familia. Desapareció, igual que desapareció la morera que crecía al fondo del patio.

El abuelo Miguel murió cuando yo acababa de cumplir 16 años. Lo sé bien porque entonces yo vivía en Coca, en la provincia de Segovia, y el 15 de agosto era la fiesta del pueblo. Todo un año esperando para las fiestas y... mi abuelo murió pocos días antes. No tuve fiestas. Me pareció totalmente injusto. Injusto porque yo no quería que muriese. Injusto porque me impidió divertirme en unas fiestas en la que llevaba soñando meses enteros. Me moría de envidia de ver a mis amigas, arregladas, para irse al baile, a pasear, a los toros... Yo me tuve que quedar en casa.

Pero aunque el recuerdo que guardo del abuelo Miguel es lejano, le recuerdo en el bar, junto a mi padre y mi tío Feliciano; o cuando me llamó para alejarme de la casa, porque mi madre iba a dar a luz a mi hermana.

Porque Juan y Loli nacieron en la calle San Juan, en la casa de los abuelos, en el piso de arriba, donde estaban los arcones en los que mi tía Eladia guardaba la ropa bordada de casa. Del nacimiento de mi hermano, en invierno, no recuerdo nada. Yo era muy pequeña. Pero sí recuerdo que cuando iba a nacer mi hermana, en julio, el día 23 -el lunes próximo es su cumpleaños- mi abuelo me llamó para que me fuera con Frasquita la Castreña, que había ido a buscarme. Ella me llevó a su casa y me dio torreznos. Estaban riquísimos. No recuerdo gran cosa más, sólo eso, y que debí estar con ella muchas horas, casi todo el día, posiblemente.

Después del nacimiento, las vecinas visitaban a la parturienta y le llevaban chocolate, latas de melocotón y cosas parecidas. Supongo que para que recuperara fuerzas. Era la costumbre que, imagino, ya se habrá perdido.

En aquella casa, pues, nacieron Juan y Lola. Yo no. Yo nací en Almería, porque allí, en esa provincia, estaba destinado mi padre y mi madre prefirió quedarse en Almería para tenerme. Es por eso que muchas veces he pensado que mis hermanos sí tenían un pueblo al que volver. Ellos habían nacido allí, en Carteya, y allí estaba la familia. Yo no. Yo estaba huérfana de pueblo -no de familia, obviamente-, aunque luego he pensado que no era cierto, porque me los apropié todos. Todos los pueblos. Y han sido muchos en los que he vivido.

Frente a la casa de los abuelos vivía mi amiga Charo. Sé que había otra muchacha, Francisca, que vivía un poco más abajo, en la misma calle. De Charo guardo un leve recuerdo porque la vi, años después, en Córdoba. Ella estaba casada y tenía niños. Su marido se llamaba Benito. De Francisca no recuerdo nada. También estaba Dolores la Espejeña. Ella vive en la calle de mis padres, ahora. La he saludado en alguna ocasión, pero ya hace tiempo que no hablo con ella. Eran mis amigas y yo me lo pasaba estupendamente, yendo y viniendo por el paseo, bajo las palmeras, tonteando, riendo, bromeando, con ellas, y con los chicos, Francisco, José... Como cualquier adolescente.

La calle San Juan, tiempo ha una calle de piedras, ha sido testigo de mis juegos y de mi felicidad de niña y de adolescente. Y cada vez que vuelvo es como si pudiera echar el tiempo hacia atrás y pudiera llamar de nuevo a la puerta de Charo para decirle, hola, ya estoy aquí, ¿a qué hora nos vamos al paseo?


María del Carmen Polo

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miércoles, 18 de julio de 2007

Rutinas

Pintura de Jaime Morera y Galicia




Algunas cosas han cambiado en Nueva Carteya, lógicamente, pero lo que yo he querido plasmar en este texto que dejo a continuación ha sido mi percepción de aquel tiempo en que yo volvía, bastante asiduamente, a visitar a la familia paterna. Ahora mis visitas son más espaciadas, pero el sentimiento de alegría, cuando llego al cruce desde Castro del Río, es casi el mismo de entonces.

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Abrió la ventana y aspiró el frescor de la mañana. El aroma del pueblo despertándose lleno por completo sus células, inundándolas de olor a pan recién horneado. Un sol anaranjado se derramaba suavemente por encima de los montes aún oscuros. Las hojas de las higueras, al otro lado del camino, se movían suavemente y pajarillos pardos salían y entraban de sus ramas en alocado vuelo. Vio a dos hombres con sombreros de paja amarillenta caminando cansinamente por la cuneta, hacia las viñas. Se recostó contra el marco de madera y miró al cielo: nada, ni la más pequeña nube enturbiaba aquel espejo de color azul lechoso que se extendía por encima de su cabeza, del pueblo, del mundo. Pronto haría calor.

De repente se vio allí mismo, tiempo atrás, una, dos, diez veces, repitiendo los mismos gestos, oteando el horizonte y escudriñando el cielo desde el mismo lugar, de la misma manera, tan igual, que diríase que era el rito que reunía su espíritu con todos sus otros espíritus que vagaban por allá, esperándola hasta que volvía de nuevo y todos juntos formaban un todo, un único espíritu, como un rompecabezas en el que encajan todas sus piezas a la perfección...

Siempre era igual y cada vez era diferente. Ya estaba en Carteya, en la casa de sus padres, en su casa. La noche anterior, la de su llegada, había paseado por las calles empinadas del pueblo, muchas de las cuales habían cambiado las piedras redondeadas por escalones o simplemente por asfalto. Paseó su vista por las casas encaladas, con sus macetas de geranios rojos en ventanas y balcones. Había acariciado las matas verdes y redondeadas de dompedros y tocado las hojas olorosas de los naranjos, que crecían en las aceras desde que ella podía recordar. Había ido al Paseo, para comprobar que las palmeras seguían allí, orgullosas, con sus grandes racimos de dátiles amarillos colgando, al igual que las jaulas de las palomas. También permanecían allí los rosales y la fuente.

Se retiró de la ventana. Cerrando con cuidado los cristales y, sin hacer ruido, salió a la calle. A esa hora temprana las únicas personas que se veían eran los campesinos que se dirigían hacia sus labores agrícolas. Era la mejor hora para pasear entre los olivares, para ver el pueblo blanco desde la falda de un monte, para aspirar el olor a leña, a tierra regada con las gotas del rocío, a flores que comenzaban a abrirse. Apoyada contra el tronco rugoso de un olivo, tocando sus puntiagudas hojas verdes, recordó un poemita que, tiempo atrás, alguien de su familia escribiera, una joven a la que ella nunca conoció: Inés.

Sabía que Inés había querido a su pueblo y, aunque vivió gran parte de su vida fuera de él, en Barcelona, se sentía carteyana, y a Carteya dedicó la mayor parte de su pequeña obra literaria. Mientras acariciaba el tronco del árbol, susurró el poema que Inés había escrito y que decía... "He subido al cerro, entre olivos cargados de negras y brillantes aceitunas, bajo un sol de primavera que calentaba el alma y deslumbraba los ojos, para así contemplar desde arriba la alba paloma anidada entre montes y aceitunas". La idea de la paloma blanca entre olivares también la había tenido ella mucho antes de conocer ese texto de su pariente.

Se sintió confortada al pensar que un mismo sentimiento hubiera sido compartido por dos personas de una misma familia en épocas distintas, sin que una de ellas supiera que la otra mujer, ya desaparecida, había existido. Seguro que para Inés, tan lejos de su campiña cordobesa, también era difícil olvidarse de los días soleados y de las noches cargadas de perfume de jazmines y azahar. Pasó su mano por la áspera madera, a manera de despedida. Con paso lento descendió por la carretera, encaminándose de nuevo hacia el pueblo.

El canto de los pájaros y las voces lejanas de los trabajadores en los viñedos eran los únicos sonidos que alegraban la mañana. Se sintió plena, reconfortada y fortalecida con un sol que le acariciaba la cara y prendía llamas de bienestar en su espíritu. Comenzaba un nuevo día de paz y sosiego en el pueblo, un día esplendoroso que se prolongaría hasta bien entrada la noche, para seguir, a la madrugada siguiente, con su historia de milagros cotidianos, como una rueda que gira y gira sin principio ni final, eternamente.

Igual que eternamente escucharía a la abuela, o a la tita Eladia que le decían... niña, ¿quieres un joyo?.


Mª del Carmen Polo Soler

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lunes, 16 de julio de 2007

El Chache Frasquito


Un día, buscando fotos sobre la Semana Santa carteyana encontré una foto que no esperaba y de la cual no sabía su existencia. Fotos antiguas hay muchas, por supuesto, pero esta es distinta porque en ella aparece mi chache Frasquito, tío de mi padre y hermano de mi abuela.

Tengo hermosos recuerdos de aquel hombre, ligados al agua y a las violetas.
Subíamos con paso ligero hacia el depósito y mientras mi tío abuelo abría puertecillas y manejaba ruedas metálicas, yo cortaba flores y confeccionaba un ramo que al regreso le entregaría a mi abuela o a mi tía.

A veces mi vista iba más allá de las violetas, que crecían salvajes alrededor del depósito, y se posaba en los montes vecinos. Yo giraba sobre mí misma redescubriendo el paisaje. Hileras de olivos verde oscuro como telón de fondo. Mirase donde mirase, los olivos parecían acogerme, saludarme.

Después mi vista se dirigía hacia el pueblo, tan blanco, derramándose monte abajo. Veía las calles empinadas, de escalones, y la iglesia, elevando su campanario hacia el cielo. También la gente, como hormiguitas, afanándose aquí y allá. Toda aquella estampa era paz y tranquilidad.

El chache Frasquito murió hace años y mi infancia quedó atrás, enredada entre los naranjos y los jazmines, pero en mi imaginación aún vuelvo a cortar, como era mi costumbre, violetas y flores, para la abuela. Y siento el calor a través de la tela del vestido, como éste se pegaba a mi piel y cómo las palmas de mis manos se humedecían. Incluso puedo sentir el canto de las chicharras y percibir el aire diáfano que llevaba hasta mí los ladridos de los perros, los cantos de los gallos y las voces de los trabajadores en el campo.

Por eso, al ver esta foto, he vuelto a recordar aquellas tardes de verano de mi niñez. Tardes maravillosas, corriendo por las calles, llegando hasta las eras y sintiéndonos siempre libres, igual que pajarillos.

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domingo, 15 de julio de 2007

Impresiones

Pintura de Modesto Urgell Inglada




Pienso que si me preguntaran qué era lo que más me gustaba cuando era pequeña y viajaba a Nueva Carteya para visitar a mis abuelos, contestaría, sin dudar ni un momento, que me encantaba, al despertarme, sentir el canto de los gallos y oír el tañido de las campanas de la iglesia. Era una dicha tan grande, tan hermosa, que no se puede expresar con palabras.

Yo era niña y no sabía definir los sentimientos que afloraban en mí cuando aquello sucedía. Hoy, que soy adulta, sé que aquello era simple y pura felicidad. La más pura de todas. Sentir a los gallos era, para mí, saber que estaba en el campo, cerca de las eras, de los olivos, de las viñas...

Era tener la certidumbre de que iría con el chache Frasquito al depósito, al llegar la tarde-noche, para cortar el agua, y aquel lugar que albergaba al depósito, situado en lo más alto del pueblo, era maravilloso, estaba encantado, porque estaba florecido de violetas. Se dominaba todo el pueblo desde aquella altura y yo, en mi gran pequeñez, me sentía la diosa del Crepúsculo.

Era, también, saborear de antemano el pan con aceite y azúcar para merendar; y dar por sentado que cogeríamos higos de los huertos, uvas de las cepas y garbanzos verdes directamente de la mata o que iríamos al cine de verano, con su olor a rosas y jazmines invadiendo mi olfato mientras mi corazón galopaba al unísono con los indios que tomaban al asalto el fuerte y los buenos se batían desesperadamente hasta que el Séptimo de Caballería hacía su aparición en aquel secarral donde sólo vivían lagartos y serpientes.

Era pasear con las amigas -sobre todo con mi amiga Charo, la que vivía en la calle San Juan, frente a la casa de mi abuela, y las demás chicas, de las que recuerdo muy poco- y decirnos secretitos al oído mientras tonteábamos con los chicos de las calles vecinas...

Era, en fin, tener por seguro que el pueblo entero se convertía en nuestro campo de juegos, nuestro propio fuerte, nuestro teatro particular.

Nueva Carteya era mágica para mí, que iba de vacaciones cada año para reencontrarme con un pequeño gran mundo al que yo amaba y al que me sentía profundamente unida, aunque no viviera allí.


María del Carmen Polo

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P.S. He dejado en este blog de Nueva Carteya dos entradas y pienso dejar algunas más, con el permiso de Francisco Julio, creador y supervisor de este lugar.

Pero echo en falta que otras personas entren y dejen sus escritos. Quisiera animar, pues, desde este espacio que Francisco ha tenido a bien facilitar para que los carteyanos puedan expresarse, a compartir, al igual que hago yo, sus recuerdos o su actualidad, relacionada con este pueblo. Yo no vivo en Carteya, es cierto, pero he pasado muchas temporadas allí, sobre todo en mi infancia y adolescencia, por eso está muy unida a mi vida y por eso me gusta escribir sobre todo aquello.

No sé si este portal lo lee mucha gente o poca, si les gusta escribir o no, pero a mí me encantaría conocer sus vivencias a través de este blog.

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jueves, 12 de julio de 2007

Nueva Carteya

Pintura de Rafael Romero Barros



Este poema lo escribí pensando en la casa de mi abuela y en Nueva Carteya.



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Gallos que cantan al alba.
Uvas negras que cuelgan
de la vieja parra.
En el patio una morera
de verdes moras amargas.
Tiestos de hierbabuena
por doquier y, puestas,
en la pared, macetas
con jazmines y violetas.

Geranios rojos en flor
que se riegan con amor
cuando se apaga el calor
y la tarde ya refresca.
Alrededor de la puerta
madreselvas, campanillas,
algunas rosas silvestres
y la malva buganvilla.

En el cielo brilla el sol.
Dando vueltas en la era,
mulas torpes y cansinas,
se mueven en el sopor
de un día que ya declina.
De oro parece el grano
que entre la paja quedó
al finalizar la trilla,
en la tarde de verano.
Los campesinos, cansados,
descansan en la arboleda.
Callan, mudos, los arados.
El tiempo quieto se queda.

En el horizonte claro
rubios campos de trigales
se ondulan como los mares
desgranando su canción.
Alguien canta en un rincón,
con un sentir desgarrado.
Alma que sufre y que llora
y su canto, desolado,
suena como la oración
que se reza en las alcobas
al encenderse la aurora.

Palmeras en suave danza.
Aguas que fluyen mansas
por cauces deshilachados.
El aire huele a azahares.
Barro rojo en los tejares.
Y en lo alto de la loma,
casa blanca, cual paloma,
rodeada de olivares.

Ya llegó la anochecida.
Ya la calina se aleja.
La niña, triste, suspira,
asomándose a la reja
de una ventana florida.
Con su carita de grana
y el pecho lleno de anhelo
corta florecitas blancas
del frondoso jazminero
y las coloca, despacio,
entre su mata de pelo.

Espera la niña en calma,
como siempre lo ha esperado,
que vuelva a rondar la casa
su galán enamorado.

El cielo luce inflamado
con mil luceros de cobre.

La luna lava su cara
y aparece tras los montes.

Un rasgueo de guitarras
hace estremecer la noche.


Mª del Carmen Polo Soler

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miércoles, 11 de julio de 2007

En Homenaje a Eladia Cantero

Pintura de Eliseo Meifren i Roig

Puesto que en esta web se trata de hablar de Nueva Carteya o de carteyanos, y como quiero participar de alguna manera, aunque no viva en este pueblo del que tan hermosos recuerdos tengo, yo quiero hablar sobre mi abuela, Eladia Cantero. Una carteyana de la que aprendí un montón de cosas.

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La casa de mi abuela, días antes de la Navidad, olía a canela, a granos de anís, a aceite de oliva, a almendras, a miel... Y el resto del año, por las ventanas que daban al patio, se colaba el perfume de las rosas, las violetas, los don diegos de noche y los geranios. También había una parra que en agosto se adornaba de gruesos racimos de uvas moradas. Las avispas zumbaban a su alrededor y yo, sumida en el sopor de la tarde veraniega, las miraba hacer sus acrobacias cuidando de que no se acercaran demasiado, por temor a sus picaduras. Incluso hubo una morera de tronco grueso y rugoso por el que serpenteaban hileras de hormigas negras y algunas arañas diminutas. Cuando las moras maduraban, el suelo se teñía de malva, y con sus hojas mis hermanos, mis primos y yo alimentábamos los pequeños gusanos de seda que guardábamos en una caja de zapatos. Un día, ya no recuerdo cuándo, cortaron la morera y con ella cercenaron un buen pedazo de la historia familiar.

Mi abuela, además de hacer pestiños, tortitas, magdalenas y otros dulces que nos dejaban los dedos y la barbilla chorreando miel y alegría, era costurera. Lo había sido desde que era una jovencita e iba por las casas de las familias pudientes tomando medidas, probando vestidos, cosiendo volantes y puntillas, subiendo falsos, ajustando hombreras... El comedor de la casa era su atelier de couture. Y, también, cuando yo iba de vacaciones, mi sala de juegos. Los cestos con retales de telas de organdí, de piqué, de algodón, de percal, de seda, al igual que los hilos de colores, junto con los figurines, las tijeras, el metro, las agujas y los alfileres, me hablaban de un mundo íntimo donde las mujeres hilvanaban su vida diaria, sus sencillas historias, al ritmo de las canciones de Imperio Argentina, de Juanito Valderrama, de Paquita Rico, de Marifé de Triana, o de las novelas radiofónicas que cada tarde, a las cuatro, dejaban oír las voces de Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Matilde Vilariño, Juana Ginzo...

Yo era muy pequeña, pero eso no me impedía comprender –sin saberlo- que aquel salón, con la abuelita, mi madre, las titas y alguna que otra vecina, era una especie de santuario donde los varones no tenían lugar. Los días de mucho calor las sesiones de costura se celebraban en el patio, bajo la parra. Mientras las mujeres cosían, charlaban, reían, yo cortaba pétalos de geranios y me ponía uñas postizas. A veces mi abuela me dejaba que regara las plantas, pero en general, quien las regaba y cuidaba, a la caída de la tarde, era ella. Se movía lentamente, de aquí para allá, arreglando tallos, cortando hojas y flores muertas, esponjando la tierra...

Su patio era, me imagino, como los demás patios del pueblo: muros blancos con tiestos de los que colgaban las gitanillas de color de rosa; macetones de geranios rojos como la sangre alineados junto a las paredes; jazmines y rosales en las esquinas; violetas en las ventanas, y en un pequeño arriate cultivaba la hierbabuena, el perejil, la albahaca, y alguna que otra malva real de hojas ásperas y flores maravillosas, en cuyos cálices libaban gruesos abejorros y pequeñas mariposas.

La abuela era como su casa: limpia, alegre, generosa, acogedora, discreta... Su pelo blanco, siempre lo tenía recogido en un moño; sus manos huesudas, cubiertas de manchitas marrones eran manos que olían a pan y a aceite, que prodigaban caricias, limpiaban mocos, alisaban los cabellos rebeldes, enjugaban lágrimas y repartían amor entre todos, y en los bolsillos de su mandil de cuadros azules, siempre guardaba algún caramelo para los más pequeños.

Mi abuela se marchó un día, sin estridencias, discretamente, con la misma serenidad que había vivido. Y a mi me dejó el recuerdo de un mundo de color y de amor, mezclado con el sabor y el olor de la canela, el aceite, la almendra y los granitos de anís.


María del Carmen Polo
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Un beso para mis primos, Francisco, Carmen, Vicente y Miguel, del bar Las Palmeras.

Otro más para mis otros primos, Eladio, Francisco y Miguel Ángel Polonio Polo.

Y también para mi primos Josefina y Miguel Polo Polo.

Y mis cariños para toda mi familia carteyana, a muchos de cuyos miembros apenas conozco pero que me encantaría conocer.

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